Bipolar
Los Juegos de Guerra de Claudio Correa
Ricardo Chamorro
Una interpretación de imágenes visuales a palabras tiene la
dificultad de todas las traducciones. Porque ambos lenguajes son diferentes,
con códigos distintos, con lógicas distintas, quizá con
otros objetivos. Sin embargo, para no hacer imposible la tarea me puedo apoyar
en Saussure y decir que ambos, imágenes y palabras, al menos, son lenguaje
y son sistema de símbolos. Y un poco parafraseando a U. Eco, “como
tales, se puede pensar en alguna posibilidad de traducción o comprensión
desde un sistema en el otro”. Sin intentar demasiada abstracción,
este texto se constituye de notas a partir del video “Bipolar”,
de Claudio Correa, en el cual tuve alguna participación.
Así pues, como primera observación se dirá que la realidad
que nos presenta Correa es fragmentaria en términos de edición.
Se puede pensar que esa fragmentación tiene que ver con la propia fragmentación
que se representa en sus imágenes. En efecto, los participantes de la
acción se inician como entes duros e impenetrables. Son piedras y participan
de la eternidad de las piedras. “Ante todo la piedra es. Permanece siempre
igual a sí misma y subsiste; y lo más importante de todo: golpea”,
nos dice M. Eliade cuando se refiere a la actitud del hombre primitivo ante
las rocas. Pero a medida que avanza la lucha entre ambos se produce la disolución
de los personajes en pugna para finalmente reducirse a polvo, a la degradación
máxima. La eternidad es imposible y el deseo del triunfo sobre “el
otro” es una ilusión vana. Una de las ramas de la física,
la termodinámica, desde hace dos siglos que enseña que la degradación
ocurre y ocurrirá invariablemente y que es imposible escapar de ella,
al menos en nuestro universo.
No podemos dejar de anotar tampoco el hecho de que los oponentes son indistinguibles.
Ambos son un otro ignorado y desconocido del que se debe desconfiar. Sin embargo,
no hay marcas; no es posible que el espectador solidarice con uno de los integrantes
más que por el otro o que sienta afecto por alguno en especial. Ninguno
es especial, ambos son igualmente válidos. Y lo que es peor: al momento
de la disolución los oponentes tienen la opción de mezclar sus
fragmentos y su polvo de manera que, para ellos, quizás para todos,
verse reducidos a sus elementos mínimos, llegar hasta el a-tomos, es
también convertirse en hermanos. La degradación les une y “nos” une
en una verdad de naturaleza ontológica. Una especie de síntesis
de una representación dialéctica de la lucha.
¿Por qué se enfrentan estos hermanos?. Podemos decir, de manera
bastante general, que todas las luchas de la historia han estado asociadas al “tesoro”,
que es un poco como el premio al esfuerzo. Hay un tesoro en la imagen, dado por
la fruta. O por las hormigas. Y sin embargo la necesidad de pelear se vuelve
más importante que el tesoro mismo. Notar que otra de las destrucciones
importantes es la del tesoro, el cual es dividido en trozos al inicio del video.
La destrucción del tesoro no alivia el furor de los guerreros. Una primera
destrucción produce el rearme y luego de ese rearme se enfrentan otra
vez hasta la disolución. Luego ocurre el ascenso y la caída al
campo de batalla. Pero la caída de los restos disueltos no termina nada,
porque la siguiente imagen es una imagen desoladora. Siempre han estado las hormigas,
como personajes secundarios, como un trasfondo. Y al igual que en las historias
humanas, los personajes anónimos (también indistinguibles entre
si, pero del tamaño de los fragmentos y no de las piedras que se enfrentan)
mueren repartidos entre los restos de la maquinaria de guerra y municiones dispersas.
Existe otra metáfora que a uno se le viene de inmediato a la cabeza.
No están lejanos los hechos de la guerra fría. Dos bloques (la
metáfora es muy certera por la pétrea solidez de esa palabra)
se enfrentan por el tesoro que es la humanidad misma. El planeta, en su redondez,
ansiado por cada uno de los bandos. Para los personajes secundarios que fueron
los humanos en toda la segunda mitad del siglo 20, la lucha tenía sentido,
los personajes eran distinguibles, había afecto por uno u otro bando.
Ya nada es igual. Los bloques han perdido los detalles. Puede ser efecto de
la pos-modernidad: ya no es tan fácil que nos obliguen a tomar partido.
No olvidar que la guerra fría era fratricida, el enfrentamiento tendría
necesariamente el final que nos muestra el video de correa. El polvo radiactivo
sería la tumba de las hormigas que creyeron que la batalla les salvaría.
Por último, debo hacer notar que la guerra fría se peleó en
una mesa, en un bunker, utilizando lo que llaman la teoría de juegos,
los juegos de guerra que pudieron llevar a la destrucción total. Nunca
se enfrentaron directamente los oponentes fríos e impenetrables de la
guerra fría, los bloques prefirieron enviar a otros a pelear por ellos,
Vietnam de Sur contra Vietnam del Norte, etc.
Hay algo de primitivo en el las imágenes de Correa, algo arquetípico
incluso. Es tentador pensar que estamos frente a una reducción simbólica
de toda lucha, a un extracto esencial que la modela en algún sentido.
Respecto de modelos, quiero detenerme un poco en la teoría de juegos.
Se trata de un cierto tipo de matemática que empezó a hacerse
en USA a principios de los 40. Su creador, Von Neumann, pretendía resolver
problemas del siguiente tipo: vas en un bote con tu madre y tu padre. Uno de
los dos debe morir para que el bote no se hunda. Un científico loco
te mantiene atado para impedir que te laces tu mismo para salvar a tu familia.
Solo queda decidir a quien echarás por la borda. Como tienes los dedos
libres puedes oprimir el rojo para tu madre y el verde para tu padre. Si no
te decides en 1 hora, estallará una bomba y morirán los tres.
Esta es la clase de situaciones a las que se enfrenta la teoría. Hay
casos más interesantes donde los jugadores son dos. Como ejemplo podemos
recurrir a la película “Rebelde sin causa” de James Dean.
En una de las escenas Dean realiza una prueba suicida. Dos autos corren hacia
un acantilado. El primero de los conductores que se lance del vehículo
(en marcha y a gran velocidad) será “un gallina”. No hay
nada peor sobre la tierra que ser un gallina. La situación es también
analizable por la teoría de juegos. Este juego, estudiado por B. Russell,
tiene como mejor estrategia de éxito la llamada “Estrategia del
loco”. Si uno se hace el loco, entrando medio borracho al auto, pescando
el volante y tirándolo por la ventana, gritando incoherencias a medida
que se acelera, lo más seguro es que el oponente no tenga la suficiente
sangre fría para llegar hasta el final. Desertará antes. Un caso
extremadamente peligroso de “Juego del Gallina”, se dio en la crisis
de los misiles de octubre del año 1962. Los soviéticos enviaron
un grupo de barcos para instalar misiles atómicos en Cuba. Apuntando
a Miami. Mientras los barcos avanzaban con suficiente para borrar del mapa
medio USA, Nikita Kruschev empleó intensivamente la estrategia del loco.
Lo entrevistaban y hablaba incoherencias y aparecía siempre bebiendo
Vodka. Pero el inconveniente de la táctica del loco es que la pueden
practicar los dos bandos. Ya saben el final de la historia: a unos cuantos
kilómetros de Cuba los soviéticos desertaron. De todas maneras
era preferible ser un gallina que caer al acantilado.
Pues bien, en una situación como la planteada por Correa no es posible
aplicar teoría alguna. Hay juego, pero invariablemente ambos perderán.
Es una situación bastante pos-moderna, por lo demás: perdedores
todos, ninguna estrategia salva de convertirse en polvo. Hay algo que se echa
de menos al final del video de Correa, la redención inaugurada por una “plegaria”,
según el decir de Joseph Campbell. “Este es el sentido de las
plegarias por los muertos, en el momento de la disolución: que el individuo
debe retornar a la divinidad creadora”. Esta idea, que se halla por lo
demás presente en todas las épicas, incluso las hollywoodenses
(o sobretodo ellas), queda de manifiesto por su ausencia. No se ve posibilidad
de salvación para adversarios. Uno podría especular que nos hallamos
(exagerando la nota) en presencia de una anti-épica. A no ser que uno
vea a la degradación y al caos primordial como a la verdadera y única
divinidad con la que finalmente nos reuniremos. Y con la degradación
- la muerte final, en suma, de la que no es posible obtener ni una sola partícula
mas de vida- como final inmutable para todo el universo, si la termodinámica
es correcta. Sin duda, no se trata de un final feliz en la película.
Bibliografía
[1] Curso de Lingüística General, Ferdinand de Saussure.
[2] Apocalípticos e Integrados, Umberto Eco.
[3] El dilema del prisionero, William Poundstone.
[4] Tratado de Historia de las Religiones, Mircea Eliade.
[5] El héroe de las mil máscaras, Joseph Campbell.